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El no vacío

Si tan sólo tuviera corazón.
Mas en mi no hay latidos,
Sólo un hueco donde resuena
tres veces tu nombre.

“Mujer… mujer bonita…. donde estas que no te veo…..
donde me dejaste?”

Recordé entonces que no corría sino volaba hacia aquella vía abandonada del tren.  Tenía alas. Sí, volaba hacia ti, al árbol donde esperabas en las sombras y alguna vez colgamos sueños.

Recordé también que yo te decía “mi gato”. Porque amo a los gatos.  Y tú eras mío.

Me acuerdo muy bien de ese árbol. Y también la casita llena de luz, y tus palabras refiriéndose a la vida, la lluvia, al tiempo, al viento con nosotros.

Por el cumple.

Y darnos un fuerte abrazo de esos que liberan y ahogan.
(Ahogan la respiración, más nunca al otro; liberan suspiros).
De esos abrazos que sobresaltan emociones,
que tamborilean el pecho como si mariposas surgieran del cuerpo.

De esos que olvidas todo lo que rodea
(el exterior se difumina para enfocar toda sensación).

Las mariposas surgen entonces del pecho y del vientre
para revolotear cálidas y tiernas,
dentro de un maravilloso silencio
que lleva al paraíso prometido.

Hasta el miedo.

“Se abre el corazón y se apendeja el cerebro”, dijiste. También hablaste del alma y de lo que se siente desde dentro.

Te mencioné que también hay una parte de piel que es sensible. Pero que es posible que los sentidos estén predispuestos por algo muy interior. Es simple. Si el alma no se conecta, no hay señales adecuadas.

Hablamos de los cuerpos imperfectos y mencionaste casi de inmediato que “la atracción sucede de manera superior”, pues se conectan cerebro, química, alma, sentidos…

Después llegaron los miedos, aquellos que sientes al ver mis ojos “pues te hacen sentir en algo que no creías”.

Ojos que embrujan, les llamas.

En cambio mi miedo es más letal: miedo a que me infles el ego hasta volverse peligroso, pues me elevas y no quiero que me dejes caer.

En eso coincidimos tremendamente: no queremos caer, no queremos llegar al sitio donde haya peligro de no dar marcha atrás.

La espera.

“Por favor, grite fuertemente mi nombre”. Es la última línea que le escribí a un hombre que no conozco (sólo su voz en una llamada donde me dijo no encontrarme). Lo espero con ansia.

La indicación fue dejada en un papel colocado en ambos lados de la puerta, y comienza con un: “DHL, estoy en casa…”

(¿Cómo se escuchará mi nombre en su voz?,  él grita y cuando me asomo indicándole quién soy, calla inmediatamente para decir un “sí” de menor volumen).

Nuestro beso.

La distancia a tu boca:
instante prolongado,
evocación cercana,
te quiero efímero.

Las vivencias fugaces
de dos noches
ahora son recuerdos.

(Somos dos infinitos
y oscuros cuerpos).

¿Dónde estás?

Minina agazapada entre el frío de los tejados,
corazón tibio, pelos erizados, ojos muy abiertos
buscando un maullido tal vez conocido
-aunque es engañoso ese ronroneo ajeno-
busca, busca, no lo encuentra.
Tan sólo se topa con una soledad odiosa.
Y es aquí que sus ojos brillan sin luz
y su color gris resalta desde dentro.